UNA CASA CON MIL VENTANAS
Breve recorrido por la vida artística de Teatro de Las Estaciones.

Por Rubén Darío Salazar

La tradición es la tierra en la que el artista vivo planta nuevas flores, para que las flores crezcan hay que remover la tierra y abonarla, y el agua que da vida viene de fuera.

Michael Meschke


Pertenecer a la generación de artistas del teatro de títeres, que surgió en la última  década del siglo XX, y que presumió para algunos teóricos una etapa de encuentro generacional, y la continuación de ese impulso transformador que nunca debe abandonar a los titiriteros, constituyó para mí la asunción de una responsabilidad ineludible. Recibir y perpetuar la herencia de un teatro de figuras profesional en la Isla, levantado a  partir de los años cuarenta, con los primeros pasos de los pioneros de este arte, y ya saben que me refiero principalmente a los hermanos Camejo, como las cabezas que más se elevaron en aquel desierto de teoría, intenciones, y por supuesto, de resultados. Súmesele a este preludio, la huella indeleble de los alumnos de aquellos, hoy maestros de los alumnos que fuimos nosotros, que quizás mañana o ya mismo somos los maestros de los recién llegados. Si algo me apresuré a desechar de esos momentos predecesores fue el discurso lastimero, auto marginado y cobarde de cierta zona del movimiento teatral dedicado desde un tiempo anterior a este genero. No creo que  los Camejo,  Carril, o  María Antonia Fariñas, así como la propia Beba Farías, llegaran  a los espacios conquistados para sus representaciones, con la cabeza baja y en actitud culpable, sino con la prestancia y la verdad de los grandes artistas como escudo. Exigiendo  la luz, el área de trabajo y la oportunidad que se merece cualquier creación que se realice con una pasión tan lucida como  la que aporta el teatro de figuras. (+)

 

LA POESÍA EN LA PUNTA DE LA CACHIPORRA

por Rubén Darío Salazar

I

El domingo por la tarde / justo a las catorce y treinta,
dará función en Belgrano / el teatro de La Andariega.


Cuando en 1941, la poetisa chilena Gabriela Mistral le escribió al titiritero argentino Javier Villafañe: “Quiero aprender a hacer títeres. Enséñeme ese oficio maravilloso. Así el día que muera y vaya al cielo puedo entretener y divertir a los ángeles”; estábamos asistiendo a una petición que luego se cumpliría, con una mezcla sui generis de realidad y fantasía, en la persona de Javier.
Aquel niño nacido en el barrio de Almagro y cuya madre se encargó de que amara la poesía, las personas y los cuentos, inauguró con su compromiso espiritual y teatral hacia los títeres, una nueva manera de ver y realizar el oficio maravilloso a que se refiere la Mistral. Una tarea que fue ejercida por él entre el olor a azufre que precede al diablo y ese limbo divino de los ángeles que se caen de las nubes ante la belleza irresistible de los atardeceres en la tierra.
Una faena que comenzó como un cuento, con el deslumbramiento de Javier y de sus amados amigos José Luis Lanussa y José Pedro Correche, al asistir a un teatro de marionetas que había en el barrio de La Boca. Los títeres de San Carlino era el nombre de aquel teatro que produjo el asombro y la fascinación. El espectáculo era actuado por dos viejos italianos que se nombraban Doña Carolina Ligatti y Sebastián de Terranova. Grandes y pesados muñecos representaban leyendas que duraban un año, pues eran relatos episódicos para los inmigrantes genoveses del barrio, los que seguían noche a noche la vida de Carlomagno o narraciones de Bocaccio.
Entre seres de ensueño movidos por hilos, más un organito que acompañaba las aventuras titiriteras de la pareja de artistas europeos, es que comienza una vida signada por el encantamiento. Cuenta Villafañe que después de ese día, en vez de ir al Colegio Nacional se iba donde Carolina y Sebastián, como Pinocho, el muñeco de madera, en busca de un ambiente poético que jamás expulsó de sus obras concebidas para el retablo. Ha dicho el propio Javier que lo que perdura y vive en el recuerdo, uno no sabe si existió o fue elegido por uno mismo necesitado de haber vivido esa vida. Nadie sabe dónde empieza la magia y dónde termina la imaginación de la magia. (+)

 

 

EL PATICO FEO: UN PROYECTO ENTRE EL RIESGO Y LA REAFIRMACIÓN.
Bitácora de un montaje

Los títeres siempre han pertenecido al camino de la otredad, su carácter revolucionario y esa capacidad de ser a ratos ordinarios y siempre extraordinarios, parecidos y a la vez diferentes a todas las cosas, los han vuelto únicos. Marcados siempre por la irregularidad, ajenos y ausentes de las academias, las industrias y la historiografía –incluso en países de tradición como los asiáticos o con una praxis extensa como la de los países europeos- , los muñecos exhiben hoy con orgullo su marginalidad, libres de tendencias, modas o rutas pactadas. Cuando hablamos o teorizamos sobre este arte, nos apoyamos sobre una certeza en total desequilibrio. ¿Cómo pudiera ser de otra manera con una manifestación a medio camino entre el entretenimiento para niños y las diversas corrientes del arte contemporáneo? El ámbito inconmensurable de los títeres viaja desde las figuras animatrónicas o de stop motion de las pantallas cinematográficas y de video a los antiguos muñecos mecánicos de origen religioso. Más que en los temas o el aspecto estético, la otredad de los títeres se halla en su esencia misma, desde la agresividad y ebriedad de la escatológica cachiporra  hasta el uso de la poesía refinada y sutil. En este espacio distinto y por lo tanto otro, donde reina la imaginación como principal estímulo, comenzó  Teatro de Las Estaciones su proyecto de creación El Patico feo, denominado por nosotros como paisaje musical en 4 tiempos para figuras, máscaras  y actores, en versión poética del dramaturgo Norge Espinosa, sobre el famoso cuento del danés Hans Christian Andersen. (+)

 

FEDERICO DE NOCHE O LA PUERTA LÍRICA HACIA EL NIÑO LORCA
(Apuntes de un proceso de trabajo)

La puerta entreabierta
Daré todo a los demás
y lloraré mi pasión
como un niño abandonado
en cuento que se borró

Federico García Lorca
(Fragmento del poema Canción menor, 1918)


Son estos sencillos versos del poeta granadino Federico García Lorca, los que me mantuvieron siempre inquieto tras el estreno en  1996 de la obra  La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón,  versión teatral de Federico que se inspira en un conocido cuento popular andaluz del mismo nombre.
La historia  que desarrolla Lorca en la fábula de la niña Irene con su príncipe, salpicada de canciones tradicionales y populares, que Teatro de Las Estaciones mezcló  con frases, sones y ritmos cubanos de los tiempos en que el poeta visitó la Isla, alcanzó en sus representaciones nacionales e internacionales (realizamos en 1999, una función maravillosa y mágica en la Huerta de San Vicente, la casa de Federico en Granada) un firme éxito. Pero aquellos versos  Las niñas de los jardines me dicen todas adiós cuando paso…  me hacían sentir además de inquieto, inconforme. ¿Por qué esa ausencia sobre las tablas de piezas que trataran la infancia de García Lorca? Si es en ese periodo, sobre el cual el poeta escribió una y otra vez, donde se halla el germen de su reconocida obra mayor. (+)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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