Al Maestro Juan Formell y a todos los/las contrabajistas de Cuba, en cualquier lugar que se encuentren
LA BELLEZA DEL PATETISMO
No sabemos su nombre. Nunca lo sabremos. ¿Tiene nombre? ¿Se llama de algún modo fuera de ¨El contrabajo¨? Este hombre que se nos confiesa en su propia casa, como quien da una clase particular o asiste a un confesionario virtual, se funde con su instrumento; es su propio instrumento. Nos habla de sí como de ¨el contrabajo¨. Este hombre no sabe vivir: se deja aplastar por su aparente mediocridad, y no sabe disfrutar la gracia de ser el último contrabajista de la orquesta. No supone que así como el sonido grave del contrabajo adensa y cohesiona la expresividad de la orquesta, así mismo es él un sujeto potente, un hombre valioso. No: él, como quien termina de vivir, nos ofrece una clase de rendimiento, una bandera blanca.
Es todo cuanto puede hacer. Ha llevado una vida de miramientos y de prescindencia. Nos lo dice a las claras: ¨Como músico de orquesta, soy un hombre conservador¨. El contrabajo está lejos de entender que se puede ser zurdo y vivir en Guanabacoa; se puede estudiar el contrabajo con todo el tesón clásico y romper una rumba de cajón de no menos rigor (y si no, que le pregunten a Juan Formell). Pero él no; él no se mezcla, no se contamina. Él está ¨a salvo¨. A salvo de la vida. Al contrario de la postura más inteligente (la cultura es una herramienta para mejor vivir), él verifica la cultura como un recinto amurallado que lo aparta de la vivencia. Sobrevive colgado de la sublimación, la neurosis, y la aprensión. No se sabe si más cerca del masoquismo que del ideal, le encanta el imposible: ¨Necesito siempre a una mujer que no pueda conseguir¨. Asocia el amor físico a la sordidez y el ridículo. En su tiempo libre, se encierra en su casa ¨por miedo¨. Hacia el final, nos dice que hoy, en medio de la función, pudiera gritar: ¨Sarahhh¨. Pero conocemos que no gritará ni hostia, porque la rutina es su heroína, y no precisamente Sarah.
Patrick Suskind escribió su primer relato notable, El contrabajo, en 1980, a cinco años de su obra maestra, El perfume. Entre estas dos piezas existe un claro punto de comunión: el levantamiento de toda una filosofía sobre el mundo, a partir de los sentidos (lo auditivo, lo olfativo). Pero junto a ello, El contrabajo cifra una parodia sobre el atildamiento y la asepsia, sobre la decadencia del artista moderno. Resultado de toda una tradición en la literatura alemana, donde no pocos personajes músicos o escritores no saben qué hacer con la industria cultural y con la cultura popular (tradición de ápice en Thomas Mann), suerte de Adorno contemporáneo, nuestro personaje nos confiesa pasar del jazz y del rock. En algún momento, se permite una dudosa analogía con un trabajador del asfalto o incluso de la recogida de basura, para enseguida recordar su frac.
En contrabajo es el típico artista moderno sediento de vida, pero desde el ¨refugio¨ en la ¨alta cultura¨, o sea, por encima del hombro. La perspectiva del autor con respecto al personaje no es, para nada, de identificación, todo lo contrario: de ironía y de desmontaje.
Esto, para cualquier actor, deviene un reto inmenso. Debe dibujar en la escena a un antihéroe cabizbajo, a un sujeto venido a menos, a un confesor en sordina, a un retirado sacerdote de la cultura vencida. Pero, por otra parte, el discurso apenas contiene peripecias; se mueve todo el tiempo en campos de la idea y la abstracción. ¿Cómo otorgarle carne y vida a este ser? Nos lo dirá Roberto Perdomo, para quien el contrabajo es uno de los mayores desafíos de su carrera como histrión, aún cuando ha interpretado personajes tan difíciles como el Stanley Kowalski de Un tranvía llamado deseo. Perdomo nos recuerda aquí la amplitud de su diapasón emocional y el caudal de su repertorio a la hora de asumir la actuación.
Para Susana Pérez, el empeño no resulta menos aventurado. Traer al contrabajo a nuestros días, en la Cuba de ahora mismo, hacerlo nuestro vecino, corría no pocos riesgos. El primero de ellos: el cubaneo. De pronto el contrabajo formaba lo suyo, la Sarah se volvía una jinetera y se armaba lo desagradable. Si lo sabremos: nos encanta profanar, rebajar; ¿vulgarizar? En cambio, Susana ha trazado las coordenadas culturales y vitales del personaje en otro tiempo y espacio, sin sacrificar en absoluto la densidad espiritual de la pieza de Suskind. Porque está claro que en la Alemania de comienzos de los ochenta, o en La Habana de esta hora (algo curioso: 1980 marca el tránsito, entre nosotros, hacia una cultura dialógica, donde el arte se sumerge en la vida de forma crucial), el conflicto de El contrabajo es profundamente humano, rebasa la latitud y la sociología. Susana y Perdomo salvan la poesía del texto original, que está justo en la defensa de la belleza que asiste también a este patetismo. Ellos, como Suskind, potencian la fibra esencial de la obra: en esta sed de vida que se escuda en la cultura como una torre blindada; en esta violencia simbólica para confesar que no se sabe y no se puede vivir, definitivamente hay belleza, hay hermosura.
El contrabajo habla todo el tiempo de música, mientras la vida trata de asomar. Susana y Perdomo entendieron perfectamente esa eterna pugna. El contrabajo es un desgraciado porque no sabe tornar la lucha en armonía, la reyerta en concilio. Pareciera sin embargo que nuestros teatristas, como Suskind, hallan el modo, sabio y gozoso, de poner la cultura al servicio de la vida, y no al revés.
Agrupación -
Teatro 3 Autor- Patrick Suskind Se estreno- 11 . Agosto . 2007, en Sala Teatro Adolfo Llauradó Luces Adrián Cruz Diseño de vestuario Adrián Cruz Escenografía: Adrián Cruz
Opiniones de la crítica
¨Como «el contrabajo» (el genérico esconde, deliberadamente, la falta de identidad del personaje), Roberto Perdomo consuma la actuación de su vida, no cabe duda. En este do de pecho, intenso, rebosante de matices, no lo habíamos visto nunca. El personaje le permite demostrar todo lo que puede hacer en las tablas, que francamente, es mucho.¨
¨Roberto Perdomo se apropia de este controvertido personaje con enternecedora maestría. Primero se muestra animoso pero, luego, se mueve por el escenario con torpeza, pronuncia con cierta fatiga y gravedad, va encorvado ligeramente, su rostro tiene la expresión de un hombre vencido y tembloroso: parece un contrabajo cansado. Perdomo consigue calcar el espíritu de ese artefacto que lo acompaña y que es, al mismo tiempo, su contraparte y su cómplice. De los que he visto, este es su mejor trabajo actoral.¨