Teatro: capacidad de re-escritura y transformación
07 de Septiembre, 2012
Una sociedad está viva cuando interpreta y conmueve sus narraciones. Claro, ello implica un sujeto político activo, capaz de repensar sus leyendas, reordenar las historias que condicionan el presente y el futuro para saditar la fuerza integradora de mitos e ideologías. Cuando desde una institución cultural registramos la naturaleza de “agente” de nuestros creadores y públicos, reconocemos sus capacidades operantes para generar otras instancias comparativas y, así poder traducir, replantear, recualificar y transformar los eventos que atomizan el comportamiento, la vida y la escena. A través de este proceso nos liberamos de la fatalidad del destino. Destino, ¡oh destino!
Hoy, cuando las prisas de la vida misma nos retan en procura de volvernos más propositivos y certeros en la salvaguarda de las provisiones, el teatro debe apostar por tornarse diestra obsesión y embrujo para tañer esas privaciones y devolverse creativamente anchuroso ante un lector-espectador que, inquieto, aguarda en su nido.
Hoy cuando el teatro corrige al Teatro, ratificando que no es suficiente creerse manipulador de las engañifas de la ficción, cuando la escena amplifica sus franjas y convenciones, legitimando la emergencia de prácticas otras, cuando compartimos los mismos espacios, e, incluso, similares preocupaciones temáticas; se requiere de bondad más que suficiente para reconocer las conquistas del otro. Se necesita mucha generosidad para cederle el paso al colega y ver que, en el diálogo franco entre heredades históricas, memoria viva, nuevas aportaciones y aquellos olvidos posibles que el verídico teatro recupera, desde la eficaz urgencia de las mujeres y hombres de estos tiempos, existe una grácil manera de sentirnos cómplices del sueño. Entonces, el destino se fraguará con nuestro franco hacer.
Sabido es que la modernidad buscaba la utopía, ese no-lugar imaginario, imponiendo un lenguaje pretendidamente universal a una audiencia homogénea y pasiva. Hoy, por el contrario, hoy no es viable formular ningún canje social sino a través de la concepción de nuevas formas de sociabilidad y estas sólo pueden ser en relación y agencia. Nuestro teatro, este de hoy, el que ahora mismo se debate entre trayectorias diversas en sus conquistas y ganancias; está condenado al retorno por conseguir una poética que legitime la sapiencia de sus verdaderos hacedores.
Hoy, ante la agenda de esta, nuestra fiesta del teatro nacional, podemos estar objetantes, pedidores, quizás acordes; pero, considerémonos conservadores o pretendidamente progresistas, mientras no cuestionemos nuestras formas de “saber” y refutemos esa aceptación “realista” del statu quo sin la vigilia de la obstinación obsesiva por superar-nos en tanto fabuladores; nuestro teatro seguirá resistiéndose al tránsito hacia relaciones de agencia, cooperativa y procura.
Convergen en este Festival distintos modos de asumir el hecho escénico, es este el teatro que tenemos, el que hacemos, el que queremos hacer o el que podemos hacer. Verídico es que, el hecho artístico supone un lugar compartido entre la subversión y la adsorción, entre la pasividad contemplativa y la ruptura activa, entre el estado y la multitud, entre la creación y el mercado. Por ello, intervienen en estos días camagüeyanos, junto a las propuestas seleccionadas por el equipo curatorial y el “Ciclo Piñera Teatral”, obras que merecieran el Premio Villanueva de la crítica especializada en 2011, otras laureadas en el Festival del Monólogo Latinoamericano (Cienfuegos 2012), creaciones de Premios Nacionales de Teatro, así como el segmento “Otras escrituras espectaculares”, en tanto resquicio para la hábil creación emergente.
Mas, es legal pensar que las prácticas artísticas pueden abolir las fronteras como también pueden servir para desplazarlas. De un tiempo a esta parte, cuando la praxis creativa ha entrado en una suerte de espiral sin límites hacia la ampliación de sus espacios, sus dispositivos y franquicias; en una época en la que el hedonismo consumista ha alcanzado una expansión que no conoce fin, tal vez le ha llegado la hora a nuestro teatro para un cierto cuestionamiento y reajuste de sus propios hábitos. La atención a la frágil vida de los cuerpos, la hostilidad hacia la cosificación de nuestra existencia, la manifestación explícita de la desaparición de la frontera entre lo público y lo privado, deberían ser razones más que provocantes para insistir en la capacidad de re-escritura y transformación del teatro.