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  Broselianda Hernández: Una casa para esconderse y jugar  
Por: Amado del Pino
30 de Enero, 2004
Broselianda Hernández: Una casa para esconderse y jugar
No recuerdo la primera vez que me encontré con Broselianda Hernández. Su nombre, su silueta de jovencita, su precoz talento me llegaron con nitidez en los años en que la revista TABLAS se reducía a la sala de una casa en la calle Lombillo y Rosa Ileana, la madre de Brose, dirigía un pequeño equipo del que yo formaba parte, como un novato noveno bate del béisbol que ya empezaba a impulsar algunas carreras.

Estamos ante una actriz en cuya formación se entrecruzan algunos de los nombres claves del teatro cubano en el último medio siglo. En 1987 se graduó del Instituto Superior de Arte con Roberto Blanco. Valdría la pena una indagación sobre el aporte del maestro Blanco a las nuevas generaciones de actores durante la década de los 80. Después Brose formaría parte del grupo Buscón, en un momento de plenitud para el colectivo que dirige José Antonio Rodríguez. Revisando mi reseña sobre el espectáculo a partir de cuentos latinoamericanos que asumiera José Antonio, compruebo que, desde entonces, celebraba en Broselianda el vigor escénico, la inteligente utilización de su voz poderosa y peculiar. Ya en los 90, se vincula con Teatro El Público. Es difícil de olvidar su desempeño en “Calígula”, una de las mejores puestas en escena del ya imprescindible Carlos Díaz.

En el intercambio de afectuosos correos y conversaciones que nutrió esta entrevista, Brose me recuerda su colaboración con el Teatro Gala de Washington. Allí participó en un montaje del clásico “Don Juan”, de Zorrilla, dirigido por Hugo Medrano, y en una puesta en escena de “La noche de los asesinos”, de Triana, asumida por Gabriel García.

Vale la pena mencionar también que ha obtenido en varias ocasiones el premio Caricato que confiere la UNEAC. Al borde de los cuarenta, es reconocida a nivel popular por la singular muchacha rebelde y casi metafórica de la telenovela “Cuando el agua regresa a la tierra”, dirigida por Mirta González Perera, o por la madre violenta de la serie de Rudy Mora, “Doble juego”. Pero los que la hemos seguido de cerca sabemos que le va a ser difícil alejarse de los escenarios, que tanto tienen que ver con su vida y sus afectos y, sobre todo, donde tan útil resultan su carisma, sensibilidad y temprana maestría.

- De la familia te viene de un lado la actuación y del otro la reflexión, la crítica. ¿Cómo fueron llegando a nivel afectivo esas influencias? ¿Qué lugar ocupan hoy en tu vida y en el desarrollo de tu carrera?

Fueron llegando como llegan las cosas cuando son del alma. Mira, mi infancia estuvo siempre rodeada de cultura, de libros, de música. Creo que cuando un niño crece en ese ámbito, en ese entorno, tiene que ser por fuerza un artista. Así vaya a ser, no sé, carpintero. A mí me crió mi abuela, que era médico, y siempre tuvo reparos con la actuación porque decía que no era una carrera para personas inteligentes. En cierto modo, ése siempre ha sido mi gran dilema. Cómo imponerte como actriz sin convertirte en esa especie de papagayo o monigote, como decía Sara Bernhardt, o en ese pobre actor que se pavonea largas horas sobre el escenario... y después se lo traga el silencio, como el bellísimo texto de Shakespeare.

Yo estuve tentada a escoger la carrera de Filología, que me fue otorgada cuando terminé el preuniversitario, pero algo más fuerte que yo me hizo hacer las pruebas en el ISA y recuerdo que durante todo mi primer año sacaba sobresaliente en todo, menos en actuación. Después fui venciendo mi timidez y al graduarme con Roberto Blanco, tras la suerte de conocer a Roberto, supe que el teatro era mi lugar, que no había equivocado mi camino. Así es que mi madre Rosa Ileana Boudet, que me legó su pasión por el teatro, mi padre, Rolen Hernández, que además me legó su enorme sentido del humor, fueron definitorios para mí.

También creo que la figura de Rine Leal, pareja de mi madre por tanto tiempo, fue algo muy valioso. Puedo recordarlo contándome historias bellísimas de ballenas y aparecidos, enseñándome matemáticas, o comiendo huevos duros los tres en la terraza de su penthouse del Vedado como una gran cena en aquel período también “especial” de los años 70, que eran especiales más por su bohemia y por la fe en tiempos de mayor bonanza y de una sociedad mejor, que por su carestía. Todas las canciones de mi madre han acompañado a algunos de mis personajes, los cantos de la resistencia española, los vallenatos, por ejemplo.

Por eso para mí la figura de mi madre es y seguirá siendo una guía. Aunque estemos viviendo en países diferentes y tan distanciados por razones históricamente políticas pienso que es sólo una distancia geográfica y temporal, y aunque nuestra relación haya pasado por épocas difíciles que hemos superado. Mi madre me alienta a seguir y lo que es muy importante, ella y su esposo Felipe me ayudan para poder seguir actuando y escogiendo, dentro de lo que cabe, lo que más me guste hacer.

Ahora voy a tener la dicha de poder montar un monólogo que mi madre ha escrito para mí sobre la historia de amor entre Catalina Lasa y Juan Pedro Baró, una historia poco conocida en Cuba que para mí será un orgullo hacer y una manera de sentirnos mi madre y yo un poco más cerca. Creo que en la vida, lo más importante, es la gratitud que le debemos a todas las personas que nos han legado algo.

- Te has movido por algunos de los grupos más interesantes de la escena cubana en los últimos lustros. A Buscón llegaste en un buen momento de ese colectivo. ¿Cómo entraste a la tropa de José Antonio Rodríguez? ¿Cómo ves desde hoy esa experiencia?

Entré al Buscón mediante un casting al cual casi llego medio ebria porque me bebí a escondidas media botella de cognac para impulsarme. Tenía mucho miedo, estaban buscando nada menos que a la Ofelia para la versión de “Hamlet” que después hicieran José Antonio y Raúl Lima. Al casting lo recuerdo como uno de los más respetuosos y sinceros que me haya tocado realizar, porque a veces suelen ser absurdos.

Tuve la suerte de ser escogida y de entrar, como tú dices, en un momento en que el Buscón era una tropa unida por lazos muy fuertes y creo que fuimos una gran familia. De él me queda la gran amistad que todavía conservo con Aramís Delgado, Jorge Hernández, Raúl Lima, y con esa gran actriz y amiga que es Mónica Guffanti y, por supuesto, con ese gran maestro José Antonio, con el que siempre tendré una deuda de gratitud.

Me hizo el regalo de conocer el teatro por primera vez sin miserias, sin envidias, sin las tensiones que corroen las relaciones en muchos colectivos teatrales. Gracias al Buscón todavía creo que veo el Teatro como una casa muy grande, donde van los niños a esconderse y a jugar.

- Hace poco, después de un rotundo éxito de público y de crítica como protagonista del espectáculo “Bacantes” (Buendía-Flora Lauten) dejaste de interpretarlo. ¿Te cansa la sucesión de funciones u otros proyectos más tentadores te hicieron preferir “dejarlo ahí”?

Es una mezcla de todo, me canso, empiezo a no encontrarle mucho sentido al por qué de lo que hago, me deprimo y termino sintiendo un placer casi morboso en dejar las cosas en el pico más alto. Pero todo esto tiene una explicación y tiene que ver con la forma mía de afrontar un proceso, los directores pueden interpretar que soy una malcriada y que todo lo dejo y no es así. El proceso de “Bacantes” duró un año y cada ensayo para mí era una función. Yo trabajo para mi disfrute en primer lugar y me siento más creativa cuando estoy dibujando un personaje, cuando un día sale esto y otro día otra cosa y así, como un escultor.

Aunque en el teatro el proceso nunca termina, yo siento mucho pánico cuando se acercan las funciones, si alguien me llama para preguntarme cuándo es el día del estreno casi siempre lo desvío para otra parte. Puede ser que sienta que ya se acabó el juego, que voy a exhibir un resultado, sé que es una idea loca, pero te digo la verdad.

De todas formas he afrontado largos procesos con Carlos Díaz o con la propia Flora y como te dije antes cuando voy a ensayar me arreglo como para una fiesta. Por eso abandoné “Bacantes”. Yo no podía repetir y repetir Ágave, es un personaje que se desgarra, que me desgarraba totalmente, que me revolvía toda y yo lo llevé al límite. No podía resolverlo con técnica y no quería quejarme de él, maltratarlo, hacerlo de mala gana. Fui muy clara con Flora en el momento de dejar de hacerlo. Ella me reprochó mi actitud y me dijo que los padres nunca abandonan a sus hijos y que yo lo había parido, yo le contesté con una frase de Lorca: “Hay que destruir el teatro o vivir en el teatro. No vale silbar desde las ventanas”, y Flora me entendió. Ella y yo nos conocemos desde que yo era una niña, la admiro mucho. Pienso que más que mi personaje lo más hermoso en ese proceso fue que ayudé a sembrar para que creciera algo nuevo y Buendía creció. Al final, siempre recogemos lo que hemos sembrado.

- ¿Qué inconvenientes, ventajas y obstáculos encuentra un intérprete que pretenda sistematizar la alternancia de teatro, televisión y cine?

Las ventajas, las de probarte y disfrutar de todo. La popularidad de la televisión, la escuela, el entrenamiento, el placer y el pánico de estar como los equilibristas en una cuerda floja, la emoción y la disciplina que el teatro te ofrece y el cine que queda para siempre.

Los inconvenientes, que te coincida todo después de haberte pasado un año sentada en la sala de tu casa esperando un proyecto y los obstáculos. Cómo resolver esa manía de los directores de encasillarte como actor de teatro, de televisión o de cine. Creo que eso está cambiando pero todavía es un prejuicio. Yo que no sigo casi ninguna telenovela quedé impresionada con Patricia Palmer, por ejemplo, de la recién concluida telenovela “Ilusiones”. Leí incluso que a ella no le gustaba hacer telenovelas, es una actriz de teatro y sin embargo encontró un personaje a su medida y un director que la dejó hacer y que confió en sus ilimitadas posibilidades como actriz.

- Cuando te he visto en el espacio Teatro para la televisión me parece que andas muy cerca del tono justo, a caballo entre la teatralidad y la proyección más sobria de la tele. ¿Es esa una búsqueda deliberada?¿Cómo se da la convivencia con el resto del elenco, casi siempre “plenamente televisivo”?

No creo que sea deliberado, pero sí una búsqueda, quizás no muy consciente, yo soy muy teatral en mi propia vida incluso, en mi proyección, creo que la vida misma es una gran representación aunque intentemos desdramatizarla.

Detesto a los actores que son ordinarios y vulgares, y que tras la apariencia de una supuesta “naturalidad” esconden una falta de riqueza interior tremenda, los miras y están vacíos porque un actor no es una persona ordinaria, ni física ni intelectualmente. Es una persona que tiene la misión de reflejar lo extraordinario así esté representando el personaje más común y corriente de la tierra. Esta búsqueda se hace más consciente porque pienso que ése es justamente un rasgo que me distingue y que debo explotar. A los actores nos limitan los guiones, sobre todo los televisivos, así que mi búsqueda se frustra muchas veces, pero no es la culpa de los actores con más experiencia televisiva que yo, con los cuales he trabajado. Me he sentido muy a gusto en la televisión, aún cuando yo aparezca con cierto tinte teatral y ellos no.

- Apuntando a lo personal, ¿cómo se da en ti la dinámica entre los sentimientos, asuntos y disyuntivas personales con la elaboración de tus personajes?

Mira, mientras más cerca de tener cuarenta años estoy, más afloran los recuerdos de mi niñez, la experiencia de la maternidad que es única. Todo eso es como un background, algo que tienes guardado en una cajita muy celosamente y de repente sale. Por eso creo que una actriz de cuarenta años puede hacer mucho, porque es una edad en la que ya has vivido y si esa vida ha sido aprovechada al máximo te puede ayudar mucho. Es una edad en la que todavía tienes fuerzas y lucidez, y lo que pierdes en candor e ingenuidad lo ganas en emociones.

De manera casi inconsciente el actor continuamente se observa, desde cómo reaccionó en un velorio hasta la manera en que cocinan los demás. Me encanta observar caracteres, como diría mi madre. Soy tragicómica por excelencia. Mis estados anímicos cambian de la euforia a la depresión a una velocidad supersónica: soy muy lectora, aprovecho mucho mis momentos de soledad para ver películas, leer mucho. Cuando voy a la tienda no sé si comprarme las cartas que Silvia Plath le escribía a su madre o un tinte. Casi siempre termino comprándome las dos cosas pero dudo. Soy insaciable en la idea de la perfección. Como Julián del Casal, diría otra vez mi madre. Me gusta estar rodeada de cosas todas muy bonitas pero soy bastante poco frívola.

Considero que tengo una gran vis cómica aunque parezca inmodesto y sin embargo no he podido hacer nada humorístico, salvo estos monólogos que hago como regalo a mis amigos en fiestas, casi todos basados en mi vida real, en personajes tan folclóricos como un fumigador o un supuesto pulimentador de muebles... Así que como me paso la vida sacándole el jugo a todo, no tengo tanta ansiedad por aparecer en pantalla.

Casi siempre piensan en mí para personajes muy muy fuertes y soy esencialmente una mujer frágil, pero la imagen del vozarrón, el rostro duro y un tanto andrógeno no me los quita nadie. Creo que exprimo tanto la vida, observo tanto y vivo tanto que estoy siempre muy llena para asumir cualquier papel.

- A partir del aplaudido desempeño en “Cuando el agua regresa a la tierra”, se te ha visto menos de lo deseable en telenovelas. ¿Sueles utilizar la variante del no o es que no te llaman con frecuencia?

Sí, por suerte ya sé decir NO, pero corres el riesgo de que somos tantos actores y hay tan pocos proyectos interesantes que si dices que no y no y no, terminan por no llamarte. Pero en mi caso particular tampoco es que me guste estar de patrón de prueba. Prefiero a veces optar por el silencio. A veces no lo logro, pero lo intento.

- Otra legítima visita tuya a la popularidad se produjo con la novela de Rudy Mora. ¿Hay algún otro proyecto con este director? ¿Cómo valoras el camino que ha emprendido de una apuesta más rica visualmente y más compleja en cuanto al contenido?

Sí, por fortuna tengo otro proyecto con Rudy porque fue un verdadero placer para mí volver a la televisión con “Doble Juego”, interpretando un personaje pequeño en el cual no se profundiza demasiado, totalmente negativo (a este personaje no podía de ningún modo, como decimos, tirarle la toalla). Creo que si hubiera tenido más elementos, un pasado, etc., hubiera podido humanizarlo más. Pero el éxito me parece que radicó allí y en una escena final que redimió a mi personaje que es un producto también de la sociedad. Rudy fue un hallazgo y el hecho de que confiara en mí para un personaje tan distinto a todos los que había hecho en televisión me hizo sentir muy feliz. Me gusta el camino que ha logrado y que sigue buscando, el de tratar temas escabrosos, reflejando todo tipo de situaciones y dándoles un nuevo matiz en todo sentido.

- Casi todos los intérpretes tienen la certeza de que han hecho poco cine. ¿Cómo lo ves tú? ¿Consideras que las coproducciones brindan mayores posibilidades a los actores o que los limitan artísticamente (me refiero a los estereotipos)?

Por supuesto que he hecho muy poco cine, salvo una sola película cubana, “Bajo presión”, de Víctor Casaus, casi todas han sido justamente coproducciones, la más importante se exhibió un día solamente en el Acapulco, que fue “Cosas que dejé en La Habana”. Pero estoy contenta con esas películas mínimas, con mi desempeño en ellas y con participar en ejercicios que a lo largo de toda mi carrera he hecho con los alumnos de la EICTV, etc.

Creo, por supuesto, que mi película llegará. Estamos esperando porque se materialice un guión muy lindo de Enrique Pineda Barnet y sigo soñando con Almodóvar. Por ahora como todavía no quiero parecer una resentida porque, como ves, presiento que Almodóvar me llamará, le puedo decir al cine cubano como la canción de Descemer Bueno: “Ya me estoy cansando de tu abandono... ”

- ¿Volverías a algunos de nuestros colectivos teatrales estables? ¿En qué circunstancias? ¿Cómo aprecias – desde dentro, como actriz, y desde fuera, como espectadora – la salud actual del teatro cubano?

Hasta que llegué a Buendía, me pasé mucho tiempo trabajando como actriz invitada e hice con Roberto Blanco “Yerma”, en el Teatro Gala en Washington, y así, pero si con alguien volvería a trabajar sería con Carlos Díaz. Carlos y yo tenemos una relación muy especial. Yo siento celos de todas las actrices que trabajan con él; Carlos me conoce, sabe mis puntos débiles. Quisiera que lograra hacer cine y ser su Marisa Paredes. Es muy almodovariano, te deja hacer, te reta, te diviertes con él y te respeta, le gusta el disparate, el absurdo y la espectacularidad.

Me encantó hacer “Calígula”, también “El público”, de Lorca, donde armamos una Julieta muy llena de matices. Carlos es un director con el cual me conecto muy rápido. Pero en estos momentos yo estoy tratando de buscar un camino más personal, apoyada por textos que se acerquen más a lo que yo quiero decir y ayudada, por supuesto, por directores en los que confío. Pienso que emprender un camino más individual también puede ser muy seductor. Y dependiendo de lo que se entienda por salud, me parece que el teatro cubano fluctúa, tiene momentos saludables, otros parece que agoniza, otros que está a punto de morirse, después resulta que aparece algo interesante y así.

A mí me importa más mi propia salud en el teatro y seguir mi vida. Creo que soy feliz porque he aprendido a vivir con lo que me va quedando. Mi familia, mis amigos, mi hija y el balcón de mi apartamento en La Víbora son mis únicas y verdaderas pertenencias.


Fuente: La Gaceta de Cuba, UNEAC
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